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TODO ESTÁ QUIETO

enero 9, 2016

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Félix: 4 años

TODO  ESTÁ  QUIETO 

Dos historias mezcladas, que no acaban, que se difuminan tan rápidamente como el sueño al despertar.

            [Todo está quieto, como atenazado y mudo en su propio movimiento. Y sin embargo, a la vez, todo simula encontrarse en un ir y venir sin pausa. Encerrado en el sueño sin límites.]

            Igual que una hoja frágil llevada a la deriva por el viento, cambia de dirección y cae cuando éste deja de soplar, así, yo, al despertar, tras un ínterin de tiempo en tierra de nadie, saboreando la nada, abandono la sensación meliflua y absorbente del sueño para encaminarme y sumirme en la realidad cruda, irrogante, versátil, esperanzada e inquietante que, cada mañana, como es costumbre, inunda a borbotones todas mis venas, electriza de sensaciones mi cuerpo de píes a cabeza, me envuelve y a veces, se ríe de mí con descaro y sin disimulo. Y no resulta extraño que después de andar tanto tiempo juntos, la vida y yo hayamos aprendido a tratarnos sin ambages, a decirnos las cosas a la cara, a sostener la mirada, a no bajar la cabeza ante cualquier situación por embarazosa que resulte. Hemos hecho un pacto contra el miedo, rubricado de luchas y descansos. ¡Y no nos va tan mal!

            [Poco faltaba ya para que la oscuridad con sus tonos negros, se impusiera y terminara devorando la luminosidad en la que se encontraba el día momentos antes. Era prematuramente de noche, sin tener que serlo, a la fuerza o quizá queriendo. El trueno retumbaba sin cesar, escandalizando y sin cansarse. Anteponiéndose, asomaban zigzagueando relámpagos en un cielo sin azul ni horizonte. El viento impartía manotazos con sus manos llenas de aire y aullaba. Y la lluvia, casi olvidada, rompía su llanto contenido, al principio sin esforzarse y luego con rabia y furia, azotando con sus gotas, las calles sin personas, los edificios sucios por la contaminación, los automóviles rugientes o abandonados, los árboles desprovistos de nidos, las estatuas mudas de la plaza. Y en medio de aquella sinfonía, te encontrabas inmóvil e impávido, ajeno a tu entorno.]

            Tras segundos de inconsciencia y aturdimiento, abro mis ojos. Insomnes y ojerosos, después de una noche desvelada y hecha larga por haber dormido poco. Veo los objetos que abarrotan adornando la habitación, ahora en penumbra, como un ciego. Una y otra vez tratan que les preste atención, se colocan ante mí, me estorban, se burlan, me provocan, a veces llegan a golpearme. No sé si ignoran que cuando estoy bajo los ecos de la memoria o los destellos de la imaginación, me sobra todo lo que está a mi alrededor y creo en esos momentos, un mundo a mi antojo, marcado de imposibles, apretado de acontecimientos, desbordado de una fantasía que trata de trocarse en realidad. Por ello, las butacas, la lámpara, las sillas, la ventana, los visillos, la puerta…, todo, son sólo imágenes robadas del sueño, figuras de Ana, Luisa, María… Excepto su nombre, huido casi antes de empezar a ser recordada, ella me llega ahora nítidamente, sin desdibujarse.  Temo que igual que entró sin llamar, se vaya sin decir adiós. Inopinadamente.

            [Te encontrabas solo, de pie, callado y parado, en aquella plaza, ante la fachada sin mácula ayer, transgredida hoy con tu dibujo huérfano sin palabras. Estabas sorprendido y tus labios esbozaban una leve sonrisa. Sin oír los truenos, los relámpagos, los manotazos del viento, sin enterarte como las gotas de lluvia se enredaban en tus cabellos, se entretenían, recreándose y jugueteando por los contornos de tu cara, para más tarde precipitarse sin prisas por tus ropas y después de acariciar sin fuerza las verdes botas, caer y formar pequeños charcos en unas losetas pardas y desgastadas. Recreabas tus ojos en los cuatro trazos que habían dado vida a aquel dibujo, asido al tuyo, aupándole, queriéndole, burlándole. Y empezaste a recordar.]

            Son los sollozos lastimeros y desasosegados del reloj despertador, los que han desbaratado mi espíritu en calma, me han enfurecido, indignado, irritado, hecho experimentar de súbito, esa sensación de impotencia ante lo predispuesto. Son ellos los únicos culpables de haber borrado en mi memoria el color ruborizado de tus mejillas cuando te hablaba. También los que han provocado en mí una ira desmesurada al principio, sostenida después y mitigada más tarde, con el pasar del tiempo y el recital de improperios en uso e inventados, expuestos.  Puedo decir, que en ese momento todo me ha resultado vacuo, ajeno al sueño, hermanado a esa realidad que cada día, a fuerza de ser repetitiva, nos cansa y nos envejece. Y es que todo va meciéndose poco a poco. Acunadas las cosas y las personas, la vida se va por la puerta de atrás sin apenas reparar en nosotros, y nosotros pasamos por ella casi sin movernos, más que yendo, girando. Si mirásemos desde lejos, veríamos a la humanidad que nos arropa, quieta, inmovilizada, presa de su abatimiento y su impotencia.

            [Estabas recordando. E hilvanabas, agolpando en tu cabeza, los acontecimientos que te habían conducido hasta el momento presente. Asimismo te resultaban extraños esos días, no lejanos, aunque hechos viejos por el recorrido del tiempo y la intensidad de las vivencias. Cuando estabas harto de oír sermones y querías ser escuchado, cuando nadie te tomaba en serio y te era imperioso ser el centro de un mundo creado a tu antojo. Fue en aquel tiempo, cuando empezaste a rebelarte, a mostrar tu inconformismo, a romper barreras impuestas, a desplegar sin miramientos tu forma de ser. Entonces, la manera más plausible que encontraste para expresarlo, fue hacer literatura a lo largo y ancho de esta bella y destartalada ciudad.]

            Hoy, no me preguntes por qué, al contrario de amaneceres anteriores, sin hacerme siquiera las preguntas consabidas, sin apenas querer obtener ningún tipo de respuestas, sólo sé que la rutina, engañándome, ha vuelto a tenderme, sibilinamente, su mano fría y calculadora, y yo, con un flaco bagaje de ilusiones a cuestas, la he asido, abandonándome, sin rechistar. Creo que otra vez estoy bajo mínimos, trastabillando, dubitativo, paralizado por el pesado fardo del desánimo y la insufrible vulgaridad de lo cotidiano. Ni siquiera trato de huir de las ataduras de la costumbre, hechas de ternuras ficticias y hábitos perezosos. Es como estar en un laberinto acristalado y no encontrar ninguna motivación que te haga correr en busca de la salida y dejar de reírte como un tonto ante los espejos. Entonces, sólo me queda reconstruirte, Isabel, Laura, Sara, Diana…, volver a soñarte, si es preciso, con las cada vez menos imágenes que han quedado de ti.

            [Aquella mañana no necesitaste que nadie te despertara. Te lavaste, arropaste y desayunaste en un santiamén. Pronto estabas bajando las escaleras, de dos en dos, de tres en tres, haciendo suficiente ruido para sacar de su letargo y enfurecer al vecindario. En el portal, no diste los buenos días a un portero que te miró de soslayo. Ya en la calle fue un impulso, quizá incontrolado, lo que te obligó a garabatear la mínima expresión de palabra (no) en aquella papelera sucia, rota y abandonada. Sabías que era el principio de algo que se ofrecía a ti lleno de misterio y encanto, como todo lo nuevo, como el amanecer. Estabas intentando rebuscar en la nada, haciendo esfuerzos ímprobos por crear, por dejar huella. También estabas asustado, temeroso, con el miedo de la incertidumbre a tus espaldas. Esto ocurría mucho antes de ver pasar a tu lado su silueta erguida, modelada, grácil.]

               Como podréis imaginar, aún somnoliento, entremezclando la realidad y el sueño, he tanteado el suelo frío hasta encontrar los calcetines que enfundan mis pies y tras ponerme las zapatillas, medio en chancletas, me he levantado y tambaleándome, he enfilado un corto pasillo hasta llegar al cuarto de baño. Hago todo esto, sin brújula ni itinerario ideado, sólo por el influjo de la costumbre. Al encender la luz, juraría haber visto la sombra de esa silueta delgada de contornos armoniosos, que llevo grabada en mi cerebro y que se va desdibujando sin quererlo y sin remedio.

             [Aquello que fue un esbozo tímido y contenido, terminó por estallar. Y del simple garabato de la papelera, pasaste a ejercitar tu ingenio y osadía en espacios más vetados y peligrosos; he aquí una valla de anuncio publicitario, allá el solar tapiado esperado ser edificado, más allá señales de tráfico, hasta edificios recién encalados. Era el deseo irrefrenable de pintar en espacios blancos, como cuando de pequeño decías que las cuartillas eran mudas y necesitabas pintar en ellas para que se definieran, para que fueran algo. Y así pasaban los días, enmarcados en pinceladas solitarias, sin respuestas, incomprendidas, llenas de ostracismo y desidia. Hasta que te quedaste boquiabierto cuando, como ahora, viste un dibujo asido al tuyo, como aupándole, queriéndole, burlándole.]

            ¡Dios mío, que cara! Casi no me reconozco en el espejo. Mecánicamente, efectúo el cambio de aguas, lavo mi cara con agua gélida, cuidadosamente, para no despertarme del todo, y tras afeitarme, ¡qué fastidio!, con esa humildad de bobo voy adornando mi cuerpo con las vestimentas de costumbre. Como cualquier otro día, todo esto lo voy haciendo, inconscientemente, sin reparar en ello, y merced a esta rutina adquirida, puedo pensar en otras cosas más insustanciales, como en el sueño tenido y a punto de borrarse. Es como un último reclamo, como si nos fuera a decir adiós.

            [Y entonces, como por ensalmo, se refrenó en ti el ansía de escribir. Aquella respuesta, aquel ¡hola que tal!, estoy como tú, no estás solo, fue una contestación a todas tus preguntas formuladas. Ya sólo querías saber la autoría de aquel mensaje, lo demás, no te importaba nada.]

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 F  I  N

Todo está quieto

Cuento [3]

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Félix Mayoral Díez

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