Saltar al contenido

SILENCIOS ROTOS TRAS LA PAUSA

octubre 24, 2015

F_1954_00_00_01

Félix (invierno en el pueblo)

Cuento escrito hace bastantes años, cuando creía poder ser cualquier cosa, incluso escritor.

SILENCIOS ROTOS TRAS LA PAUSA

Un relato con el paso del tiempo al revés, se inicia al morir y avanza hasta acabar en el nacer. 

  — 1 —

            Tras un breve suspiro, habías cerrado tus ojos. Y con la misma dulzura que produce la llegada del beso, dejaste la vida y enfilaste vertiginosamente, por sendas oscuras, tu camino hacia el vacío. Te encontrabas flotando, ajeno a todo aquello que había formado tu cuerpo. Empezabas a sentirte muerto.

            Dos viejas, cadáveres andantes, enlutadas y encorvadas, subían por la calleja sin sombras. Tal vez vendrían de la iglesia…

ooo

            Doblaban las campanas. Tu casa, otrora engalanada, rebosante de vida, henchida de gente, se encontraba ahora triste, indolente, presa de esa desesperanza que produce en nosotros el pasar del tiempo.

            Sólo algunos familiares casi olvidados, deambulaban alrededor de tu cuerpo inmóvil, tendido sobre el sarcófago. Sus palabras formaban una especie de plegaria, mezcla de rencor, de envidia, de despego y de olvido.

            Tú les oías calladito, como cuando de pequeño te embobabas oyendo conversar a los viejos en torno al fuego en los días de lluvia y frío. Les oías sin iras, sin rencor, sin envidias, con despego y con olvido.

            Estabas solo. A lo lejos, dos perros ladraban, y no sabías si reñían o se amaban…

ooo

            Tiempo atrás habías llegado abatido a tu casa. Al abrir la puerta, la encontrabas vacía. Arrastrando tus pies de viejo cansado, con la mirada estrellada en el suelo, recorrías los pasillos, entrabas en las habitaciones, tocabas los objetos, mirabas los cuadros, acariciabas las fotografías, tratabas de rebuscar la vida en los recuerdos.

            La soledad transgredía con su sonido en todos los rincones y se apoderaba inexorablemente de ti. Una náusea imprecisa te envolvía, meliflua y algodonosa.

            Te fuiste, sabiendo que allí donde fueses, sólo encontrarías el abrazo de la soledad o la muerte.

            Esta espera te producía angustia y zozobra. Días pasados con puntos de amarre fijos, anclados en la desidia y el aburrimiento.

            Parecía como si el tiempo, cansado de su tictac, hubiera dejado de latir y estuviera de vacaciones…

            Era tiempo de muerte y soledad.

— 2 —

            Han pasado sobre ti muchas estaciones que han devastado tu espíritu errático y lo han condicionado, encerrándolo en callejones sin salida, en una tropelía de sinrazón.

            Empezaste a decir por primera vez adiós a la vida cuando no sentiste el beso de tu mujer al regreso del trabajo, cuando no llegaban sus palabras, sus enfados, sus risas, sus lágrimas, sus alegrías, sus tristezas. Tu edificio vital estaba derrumbándose.

            Ahora recordabas, lo que con temor os habíais insinuado: El día que todo esté olvidado y nuestros huesos, tal vez lejanos, se pudran en la noche de los tiempos, nuestro amor parecerá todavía indispensable, frente al azar y la gratuidad de los otros…

ooo

            Presentiste que había pasado el ecuador de tu existencia. Se me figuraba que estabas en el tiempo donde no te interesabas por inventar la vida en cada instante. Ya no tratabas cada noche de desandar el camino andado desde cada mañana. Ya tus ojos no contemplaban las cosas, más bien, las cosas rehuían a tus ojos, impávidos e impasibles.

            ¡Cómo refunfuñabas cuando tu memoria no encontraba los recuerdos en el desván del pasado! Cada vez huías más de la gente y de las cosas.

            Tras una vida bella e intensa, la tristeza te invadía. Esta tristeza era como saber que somos pobres, estamos solos y nadie piensa en nosotros.

            En las azoteas, los maullidos de los gatos en sus charlas habituales sobre las cosas de su mundo acariciaban tus oídos.  La tarde caía lentamente…

            Era tiempo de soledad y desesperanza.

— 3 —

            Tu casa y tu vida volvían a tener sentido. Disfrutabas de mujer e hijos. Habían reaparecido parientes y vuelto muchos amigos. Tenías salud y el dinero no te faltaba. Te sentías vivo.

            Aprendiste del peligro que comportan las renuncias demasiado rápidas y dejaste de creer que la perfección se encuentra al otro lado de una promesa.

            Viste que la sabiduría, como la vida, está hecha de progresos continuos, de nuevos comienzos, de paciencia sin límites.

            A veces te decías: Para tener la sensación de estar vivo, hay que aglutinar a nuestro alrededor ese sabor áspero de la angustia. El vivir sin preocupaciones, sin la búsqueda del tiempo perdido, nos hace planos, acorta nuestras luces, nos consume en la incertidumbre, nos junta el tiempo y nos lleva a un comportamiento de enseres, es decir, todo lo contrario a lo que dignifica a los seres…

ooo

            Deleitabas las cosas con la madurez y la experiencia que va creando el tiempo en su recorrido. También te endureciste. Hasta entonces te habías abstenido de juzgar a los demás.

            Cuando te fallaban las fuerzas, aguantabas, sonreías y más tarde, te recomponías. Sabías que llegarían días de penas y días de risas.

            ¡Cuantas verdades hechas mentiras! ¡Cuantos sueños perdidos en despertares! ¡Cuantos ideales truncados por realidades!

            Pero de alguna manera estabas contento en la forma de llevar tu lucha. Intentabas no perder puesto en las filas de vanguardia.

            Más que nunca tratabas de crear. Alguien dijo que crear es hacer un acto de amor con la vida. Te gustaba explicar de un modo plausible tu agradecimiento a la vida.

            Los sueños de grandeza estaban pasando y librabas un combate entre tu presente real y el mundo de los recuerdos y de las ensoñaciones.

            En una esquina, un niño con cara de viejo pedía limosna a un viejo con corazón de niño…

            Era tiempo de desesperanza y de vida.

— 4 —

            El canto desabrido del gallo se había anticipado a la aurora. Casi enseguida, empezaba a despuntar el nuevo día.

            Del anochecer al canto desabrido del gallo, pasando por noche oscura-cerrada-clara, inventando caminos de palabras y besos, que iban y venían, sosteniendo las miradas, encontrado las manos en cada instante, quedaban fundidos en la voluptuosidad del abrazo los cuerpos bajo la sábana, en pausas rotas y rehechas.

            Por primera vez, ella y tú habíais sido vuestros. Existía entre ambos, algo mayor a un amor: una complicidad. El hondo amor que desde pequeño presentías. ¿Era éste?

            Una vez más veías la vida desde otro aspecto desconocido. Ibas comprendiendo que es como una estatua de mil caras, fija en el centro de una plaza, y en cada edad se divisa esa estatua desde una ventana diferente…

ooo

            Entonces tenías todos los caminos abiertos, podías elegir y equivocarte. Tu cabeza estaba llena de entelequias y utopías. Te sorprendías a ti mismo en cada instante. Tal vez empezabas a conocerte.

            Te preparabas y estudiabas. Asimilabas rápido. Tus piernas no podían aguantar el ritmo de tu corazón y tus ideas.

            Como un pulpo, querías abarcarlo todo, querías transgredirlo todo, invadirlo. Con todo el tiempo para ti, te faltaba tiempo para todo.

            Era ahora cuando empezabas a comprender que la felicidad completa es una necedad falaz. La intensidad en el vivir consistía, sencillamente, en la trasmigración reversible y continua entre la pena y la alegría.

            Leías aquella cita, encontrada en un libro caído una tarde en tus manos por azar: Se llega virgen a todos los acontecimientos de la vida, tengo miedo de no saber como arreglármelas con mi dolor…

            Era tiempo de vida y amor.

— 5 —

            Con obstinación persistente, una abeja desorientada golpeaba una y otra vez la bombilla de la habitación, como si alrededor del globo de luz hubiera una flor.

            Horas de estudio y de exámenes. De perseguir chavalas y bailar. De dormir mucho, gamberrear, e ir con los amigos de aquí para allá. Ratos intentos de fiesta…

ooo

            Piel de gallina. Te emocionabas una vez más.

            Hartos los ojos de derramar lágrimas. El corazón estrujado por el dolor. La garganta anudada. El cuerpo doliente y febril. Mirando a tu hermano cuando repicaban las campanas. Tu madre, muerta.

            Habría que aprender a crecer, a esperar, a creer, a pensar, a amar, a soñar, a… Habría que aprender a hacer tantas cosas. Y tú no sabías como empezar.

            Dejar la escuela y los amigos. Perder el olor de los campos segados y la hierba amontonada. Estar a la defensiva y coger. Hacer nuevos amigos, ir a otros colegios, tratar de aprender, leer, creer, pensar, amar, soñar… Estar a la ofensiva y entregar.

            Era hermoso ver como trepaba la luz del sol a lo largo de la pared, alargando más y más la sombra de su cuerpo…

ooo

            Más grande la casa, los armarios, las mesillas, las sillas, las camas, los juguetes. Veías un mundo inconmensurable desde tu mundo de niño.

            Parece que estoy viéndote, asustado y huraño en tu primer día de escuela, con los mocos quitados, lavada la cara, repeinado, tus cuadernos blancos, tus lapiceros recién sacados punta.

            En un pueblo con sus calles de tierra, sus portales que hervían moscas en las siestas del verano. Y el verano, siempre, el verano de las vacaciones, el tiempo sin horarios, sin campanas para entrar en clase, la libertad de los juegos, el olor del verano en el aire caliente de las tardes y las noches, en las caras sudadas después de ganar, perder, pelearse, correr, reír y a veces llorar. Éramos dueños de la calle y de los balones.

            De niño deseabas la gloria como el amor. Necesitabas a los demás para revelarte a ti mismo…

            Era tiempo de amor y amistad.

— 6 —

            Hambre, sueño, sed, dolor, calor, frío, miedo.

            Comenzabas o acabas algo. Ignorabas tus señas de identidad. Entonces eras: nada.

            Esperaste que pasaran los días y las noches. Poco a poco fuiste tomando formas. Tus manos tocaron curvas placenteras y te apegaste a ellas. Apaciguaste tu sed y tu hambre. Te regustaste con el calor y el frío sin temperaturas. Eras un ser totalmente sensible y táctil.

            Empezaste a querer irte de allí. Inventaste mil artimañas: Rogaste, susurraste, peleaste, imploraste, lloraste… y al final irrumpiste hacia la luz.

            Era tiempo de luz, amistad, amor, vida, desesperanza, soledad y muerte.

———- OOO ———-

 F  I  N

Silencios rotos tras la pausa

Cuento [2]

=============================

Félix Mayoral Díez

=============================

Entradas relacionadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comentarios (2)

La foto que has puesto con el perro y supongo que tú de niño es preciosa, evoca un pasado que todos echamos de menos, con buenos recuerdos, amor, familia y sin problemas. A qué antes el tiempo parece que duraba más?
.
Tú relato, tan bien escrito, sabiendo elegir en cada momento las palabras adecuadas, expresan perfectamente las emoción de cada época, la evolución física, emocional y psicológica que una persona recorre a lo largo de diferentes etapas de su vida.
.
Sólo decir que debes poseer una gran empatía con nuestros mayores, o haber escuchado mucho los relatos y sentimientos de ellos, como tu padre ( que descanse en paz), para lograr que esos pensamientos tan profundos e íntimos broten con tal naturalidad y belleza.
.
Me ha encantado cada una de las partes en las que tan hábilmente has dividido tu historia, además el detalle cronológico inverso me ha encantado.
.
Espero que nos sigas sorprendiendo con más relatos.
.
Bsotes y gracias por compartirlo.

Responder

La foto es mía, tenía 2 o 3 años, con mi perra de nombre Zagala, que había nacido en el año que yo nací. En el otro cuento publicado, en su cabecera, también he puesto otra foto de la misma época. El relato lo escribí del 11-07-1983 al 14-07-1983. El hacer el relato con una cronología inversa, me vino al leer un libro del cubano Alejo Carpentier.
Gracias Diana, como siempre, por tus cariñosos comentarios.

Responder