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TEORÍA DE LAS CAJAS

marzo 17, 2016

Mi resumen del año 2004 del libro “Cómo conseguí 2.000.000 $ en bolsa”, escrito por Nicolas Darvas, en el cual describe su evolución en el mercado de valores durante el periodo 1954-1959, así como su técnica bursátil denominada “Teoría de las Cajas”.

 

Í N D I C E   G E N E R A L

EL JUGADOR

LA ETAPA CANADIENSE

EL FUNDAMENTALISTA

INTRODUCCIÓN EN WALL STREET

MI PRIMERA CRISIS

EL TÉCNICO

CREACIÓN DE LA TEORÍA DE LAS CAJAS

TELEGRAMAS POR TODO EL MUNDO

EL TECNO-FUNDAMENTALISTA

EL RECIÉN NACIDO MERCADO BAJISTA

LA TEORÍA COMIENZA A FUNCIONAR

MI PRIMER MEDIO MILLÓN

MI SEGUNDA CRISIS

DOS MILLONES DE DÓLARES

TEORÍA DE LAS CAJAS

FORMACIÓN DE UNA CAJA

LÍMITES DE LA CAJA

SEGUIMIENTO DE UN VALOR

MOVIMIENTO DENTRO DE LA CAJA

PUNTO DE COMPRA

PUNTO DE PÉRDIDA LIMITADA

ESTRATEGIA

EL JUGADOR

LA ETAPA CANADIENSE

Noviembre 1952. Como soy bailarín, mi representante pacta el pago de una actuación mediante acciones en lugar de dinero; al final no se lleva a cabo la actuación pero decido comprar dichas acciones (600 Brilund) a 0,50 $ por un total de 3.000 $. No sabía nada de bolsa, sólo que los valores subían y bajaban. Dos meses más tarde veo que el precio de las acciones está a 1,90 y las vendo ganando 5.000 $. Es la suerte del principiante. Tengo la  impresión de estar perdiéndome algo muy importante al no estar dentro del mundo financiero.

Me preparo para adentrarme en el mercado de valores, en concreto en el canadiense, a donde pertenece el valor vendido. Mi primera pregunta es que valores comprar, la cual hago seguir a todo tipo de gente, convirtiéndome en el modelo perfecto de pequeño inversor, incompetente y optimista. Decido contratar un agente de bolsa, quien me facilita toda clase de datos sobre un valor, que compro, que veo como baja y que vendo dos semanas después con pérdidas. A pesar de ello este mundo sigue fascinándome y sigo preguntando.

Paso un año comprando y vendiendo, a menudo tengo hasta 25 ó 30 valores al mismo tiempo. La razón de mi elección es dispar: por consejo de un amigo, por empezar ganando, por encariñarme con el valor, etc. Así me creo un grupo de valores “favoritos”, como si fueran miembros de mi familia, pero pronto me doy cuenta que es en ellos en donde estoy contabilizando las mayores pérdidas. Al mismo tiempo, me siento animado con pequeñas ganancias, pasando por alto las pérdidas. Seguía “intuiciones”. Después de nueve meses, revisando la contabilidad, observo que pierdo 3.000 $. Como tengo beneficios de la primera operación, decido seguir y darme una nueva oportunidad.

Empiezo a leer publicaciones financieras, tablas de valores, boletines sobre consejo de valores, me suscribo a servicios de consultoría financiera, es decir, solicito el consejo de los expertos. En base a toda esta información, me lanzo al teléfono para comprar valores recomendados, los cuales para variar bajan. Esas repentinas caídas nada más ser comprados, es uno de los fenómenos más desconcertantes a los que se enfrenta el inversor amateur, años después descubro que, cuando un operador mandaba comprar, él estaba vendiendo. Al recordar este tiempo me doy cuenta de que estaba dispuesto a perderlo completamente todo. A finales de 1953, cuando volví a New York,  los 11.000 $ invertidos se habían convertido en 5.800 $.

Tenía que reconsiderar la situación. Cuanto más leía más me interesaba el mercado neoyorquino, así que vendí todos los valores canadienses, e invertí en Wall Street, cerca de casa. 

EL FUNDAMENTALISTA

INTRODUCCIÓN EN WALL STREET

Cuando recibí el contrato para abrir una cuenta con una casa de valores, sentí que iba a empezar a formar parte del mundo financiero en Wall Street, dejando atrás el periodo de introducción canadiense como un juego de pura locura que nunca repetiría. Para acceder a Wall Street decidí añadir más dinero a mi saldo de 5.800 $ para completarlo en 10.000 $ y dejé esta suma en manos de mi agente de bolsa.

Mi agente Lou Keller me habló de aumento de dividendo, desdoble de acciones, mejoras de ingresos, etc., términos para mí desconocidos, que suponían un consejo profesional considerable. Entonces realicé varias operaciones por las que me embolsé pequeños beneficios, y me hizo sentir que eran operaciones simples y tranquilas sobre las que tenía el control. Me sentía estúpidamente feliz, pero mi método no había mejorado. Mi autoestima estaba alta. A finales de mayo de 1954 el saldo había pasado a 14.600 $.

Llamaba 20 veces al día a mi agente, parece que estaba obligado a realizar alguna operación cada día, si veía un valor nuevo lo quería tener. Después de muchas operaciones el resultado era mínimo; la persona más feliz era mi agente de bolsa por las comisiones percibidas.

Sólo me molestaba que la mitad de las palabras que usaba mi agente no las entendía y decidí investigar el tema, empezando a leer muchos libros sobre el mercado de valores, recopilé recortes de toda clase de los diarios económicos, me suscribí a publicaciones, todo ello con el fin de destapar el secreto del “valor que sólo puede subir”.

En ese tiempo había un dicho que decía “No puedes quebrar sacando beneficio”, con operaciones realizadas comprobé que sí se podía. Otro dicho era “compra barato y vende caro”, pero donde comprar barato. Mientras buscaba una ganga descubrí el mercado extra-bursátil, pero me di cuenta que es un mercado para especialistas, compré varios valores y me fue difícil deshacerme de ellos, por lo cual pronto le abandoné.

Lo que consideraba una información consistente, directa de Wall Street, se convertía en un cebo sensacional; en base a esto compre varías veces, a los cambios más altos para seguidamente empezar a bajar. Estas pérdidas estaban compensadas con el orgullo que sentía por formar parte del mundo financiero y seguí en busca de nuevos métodos.

Otro método que no funcionó fue el de copiar lo que hacían los vendedores “privilegiados”, ya que cuando me enteraba de sus transacciones era demasiado tarde, además también se equivocaban a menudo, podían saber el comportamiento de sus empresas pero no el comportamiento del mercado en donde vendían sus valores.

Poco a poco discerní los rasgos generales de algunas reglas que podía aplicar:

  1. No seguir los consejos de los servicios de consultoría, no son infalibles.
  2. Ser prudente con los agentes de bolsa, pueden equivocarse.
  3. Ignorar los dichos de Wall Street, aunque sean antiguos y venerados.
  4. No operar en el mercado extra-bursátil, sólo en valores cotizados donde siempre hay un comprador cuando se quiere vender.
  5. No hacer caso a los rumores, a pesar de parecer muy fundamentados.
  6. El método fundamental me funcionó mejor que el juego. Debía estudiarlo.

Después de estar muy ocupado comprando y vendiendo para obtener pequeñas cantidades, hubo un valor que lo dejé olvidado y que fue subiendo poco a poco, por lo cual me hizo deducir cual sería la séptima regla:

  1. Conservar un valor que sube durante un largo periodo de tiempo es mejor que jugar con una docena de valores durante poco tiempo.

Pero como encontrar ese valor. Para ello estudié a fondo los registros de las compañías, sus informes, comparé activos, pasivos, márgenes de beneficios, relaciones de precio-ganancia, hojeé listas de valores con altos niveles de calidad, valores que gustan a los expertos, valores vendidos por debajo del valor en circulación, valores con una posición de liquidez firme, valores que nunca han dado dividendo, etc. Sin embargo siempre me encontraba con el mismo problema, cuando las cosas parecían perfectas sobre el papel, el mercado nunca actuaba en consecuencia.

Me suscribí a un servicio mensual que ofrecía datos esenciales de miles de valores, a los que clasificaba por su grado de seguridad y valor. Sentía que todo lo que necesitaba para conseguir el éxito era diseñar mis propias tablas de comparaciones, y así lo hice con mucha dedicación y seriedad.

MI PRIMERA CRISIS

Por las lecturas aprendí que los valores forman grupos y tienden a moverse a la vez, subiendo o bajando. Luego un análisis lógico me pareció: Buscar el grupo industrial más fuerte, para posteriormente encontrar el valor del grupo más fuerte e invertir en él.

Con este tipo de análisis elegí un valor para hacerme rico. Hice una hipoteca sobre un piso de Las Vegas, pedí un préstamo con una póliza de seguro, y solicité un adelanto en un contrato a largo plazo. Sólo me preocupaba comprar mucho y lo más rápido posible, antes que lo descubrieran los demás.

En septiembre de 1955 compré a crédito (70%), invertí 52.600 $ pagando    36.800 $. Sólo me quedaba esperar a recoger los beneficios. Pero 3 días después de la compra el valor empezó a bajar, no vendí esperando que se recuperara, pero siguió bajando, hubo una pequeña recuperación, pero luego continuó a la baja, hasta que el pánico me hizo vender con una pérdida de 9.000 $.

Todas mis ideas de operador científico se desmoronaron, de nada habían servido la ciencia, la investigación y mis estadísticas. Había trabajado mucho, hecho lo posible para evitar errores, investigado, analizado, comparado, y aún así el resultado había sido nefasto. Temí la bancarrota.

Pero tenía que seguir, salvar mi propiedad de Las Vegas, tratar de resarcir las pérdidas. Todos los días, durante horas, estudiaba las tablas de valores buscando alguna solución. Al final observé un valor, del que no sabía nada, sobre él no había ni rumores ni noticias, pero subía día a día de manera constante. A la desesperada di una orden de compra a un cambio medio de     37 ½, cuando llegó a 40 rehusé por primera vez obtener un beneficio rápido, cinco semanas más tarde lo vendí a 43 ¼  obteniendo un beneficio de 5.300 $ que compensaban parcialmente la pérdida anterior.

Después de esto mi conclusión fue: De nada sirvió examinar los registros de las compañías, estudiar la expectativa industrial, las clasificaciones, las relaciones precio-ganancia; el valor que me había salvado del desastre había sido uno del que no sabía nada; lo cogí por una sola razón: parecía estar subiendo. Esta podría ser la respuesta que me condujo al origen de mi teoría. 

EL TÉCNICO

CREACIÓN DE LA TEORÍA DE LAS CAJAS

Asustado y derrotado por el mercado, me di cuenta que el factor suerte existe en todas las etapas de la vida, pero no podría basar mis operaciones en ella; podía tener suerte una vez, tal vez dos, pero no constantemente. Debía aprender como se opera en el mercado. Recapitulé, el método fundamental fue una equivocación, el técnico me había resultado bueno.

Decidí hacer otra operación similar a la última acabada con ganancias, para lo cual elegí otro valor que subía poco a poco y que nadie hablaba de él; durante diciembre de 1955 el valor subió de 15 a 23 5/8, después de un periodo de calma, su volumen aumento y su precio retorno el ascenso; entonces decidí comprar a 26 5/8, su volumen se mantenía alto constantemente, siguió subiendo, cuando llegó a 33 lo vendí y saqué 2.800 $. Me sentí entusiasmado, no tanto por el dinero como por qué había comprado, por el hecho de su actuación en el mercado. Después de la venta, se conoció que la subida continua se había debido a la negociación de una fusión en secreto.

Esto me indicó que si estudiaba la actuación de los precios y el volumen, sin tener en cuenta otros factores, podía conseguir buenos resultados. Traté de ignorar los rumores, los consejos y la información confidencial.

Si un valor, que por lo general era inactivo, pasaba a ser activo, lo consideraría inusual y, si además aumentaba de precio, lo compraría. Probé el método, unas veces con éxito y otras sin él.

En mayo de 1956 entré en un valor a 67 por 13.400 $ cuando observé que su actividad aumentó, más tarde el valor empezó a bajar y pensé que sería una pequeña reacción, pero días más tarde lo vendí a 57 ¾ perdiendo 2.000 $. Todo apuntaba que era el mejor valor del mercado en ese momento, y justo cuando lo compré cayó, y más desilusionante fue que, justo cuando lo vendí empezó a subir.  Analizando los movimientos anteriores del valor descubrí que lo había comprado en lo máximo que había alcanzado el valor en ese momento, era evidente que había comprado el valor correcto en el momento equivocado.

Leí libros, examiné tablas de valores, inspeccioné cientos de gráficos, aprendiendo cosas nuevas sobre el movimiento de los valores, dándome cuenta que los movimientos de los valores no ocurrían al azar, que mostraban una tendencia ascendente o descendente, que tendían a continuar. Dentro de esta tendencia los valores se movían en una serie de marcos o cajas. Este fue el comienzo de la “teoría de las cajas” que me llevaría a la fortuna.

TELEGRAMAS POR TODO EL MUNDO

Al tiempo que empecé a operar con mi teoría, firmé un contrato de gira mundial de dos años con mi actuación de baile. Se presentó un grave problema: Como continuar con las transacciones mientras estaba en la otra punta del mundo. Discutí este problema con mi agente de bolsa y quedamos en seguir en contacto sólo a través de telegramas. También me decidí por un arma de consulta, el Barron’s, publicación financiera semanal, la cual se me enviaría tan pronto como se publicara.

Para ahorrar tiempo y dinero, en los telegramas establecí con mi agente un código especial formado por: sucesión de letras (claves de los valores), seguidas cada una de ellas por los datos de cierre, límite superior y límite inferior. No incluí el dato del volumen, por economizar y porque mis selecciones eran valores con alto volumen, y creí que si éste disminuía vendría anunciado a los pocos días en el Barron’s.

Un telegrama tipo podía ser:

L 57 ½ (58 – 57)    A 120¼ (121 ½  – 120 ¼)     F 132¼ (134 7/8 – 132)

Otro problema añadido era que los telegramas no pudieran localizarme mientras viajaba, así que cuando me mudaba duplicábamos o triplicábamos los telegramas enviándolos a diferentes sitios del recorrido. En algunas partes del mundo había muchas dificultades (no existir sistema telefónico, oficinas de correos cerradas mientras Wall Street estaba abierto, etc.).

El mecanismo de mis operaciones solía ser el siguiente: Recibía el Barron’s, generalmente con 4 días de retraso (publicado el lunes y recibido el jueves), veía un valor que se comportaba según mis teorías, mandaba un telegrama a mi agente pidiéndole movimientos de esos 4 días. Si un valor se mostraba, según mi opinión, de forma correcta en una caja, esperaba para ver si después de esos 4 días las cotizaciones se mostraban igual.

Si al recibir el telegrama con las cotizaciones, éstas seguían en su caja, decidía observarlas, y si me agradaba lo que veía, mandaba un telegrama a mi agente con mi “orden de compra stop”, acompañada de una “orden automática de pérdida limitada”, por si el valor cayera después de comprarlo, y no se especificaba su cancelación hasta que no le dijera lo contrario.

Ejemplo: Compra 2000  Valor X  80 Stop 78 Pérdida limitada

Esto significaba: Comprar el valor X cuando salte por encima de 80 con una orden de venta si baja a 78.

Si al recibir el telegrama con las cotizaciones, éstas habían saltado de la caja desde que lo había visto en el Barron’s, me olvidaba del valor ya que había llegado tarde, esperaría otra oportunidad.

Al principio me sentía inseguro por estar lejos de New York, pero a media que los telegramas llegaban día a día cogí más confianza y noté más ventajas (ni llamadas, ni confusiones, ni rumores). Mis únicos contactos con Wall Street eran los telegramas y el Barron’s.

A veces alguno de mis valores hacía movimientos inexplicables, debido a algún movimiento violento del índice general, por lo que dije a mi agente que en los telegramas añadiera al final el cierre del índice general. Esto al principio me aportó mayor seguridad, pero luego descubrí que la relación entre el índice y mis valores estaba limitada a ciertos principios, pero éstos no podían medirse con exactitud. Desde entonces sólo vigile el índice Dow Jones para ver si estaba en un mercado fuerte o débil, ya que en los ciclos principales, como un mercado alcista o bajista, normalmente intervienen la mayoría de los valores.

Recibía el telegrama y hacia el análisis de forma automática, sin un análisis profundo, comparaba unos con otros los precios de mis valores, luego con el índice Dow Jones, después sopesaba la banda de fluctuación, y evaluaba si debía comprar, vender o mantener.

Al mismo tiempo intenté entrenar mis emociones. Cuando compraba ó vendía un valor escribía las razones que me habían impulsado hacerlo, al igual que cuando acababa en pérdidas, con el fin de no repetir el mismo error en sucesivas situaciones. La experiencia que conseguí con las tablas de “Causa del error” se convirtió en lo más importante de todas mis cualidades y ahora me doy cuenta de que nunca lo habría aprendido en los libros.

Igual que los seres humanos, los valores actúan de formas diferentes; los hay tranquilos, lentos, conservadores, y los hay saltones, nerviosos, tensos; los primeros son fáciles de predecir, pero los segundos son imposibles de manejar, produciéndome daño cada vez que los compraba.

Decidí no dejarme influenciar por los impuestos, hay personas que pierden mucho dinero conservando un valor descendente por motivos fiscales. Decidí operar en el mercado haciendo primero lo correcto: seguir lo que ordene el comportamiento de una determinada acción y preocuparme por los impuestos más tarde.

Manejé con éxito los valores durante bastante tiempo, como si en realidad hubieran sido creados para confirmar mi nueva actitud. Compraba con atrevida seguridad cuando pensaba que había actuado correctamente, mientras con frialdad, sin sentirme herido en mi amor propio, aceptaba las pérdidas limitadas cuando creía que me había equivocado.

En verano de 1957 ocurrió algo muy curioso: compré varios valores pensando que avanzarían, y al retroceder, tuve que ir vendiéndolos uno por uno, hasta que a finales de agosto me encontré sin ningún valor; la orden automática de pérdida me lo había vendido todo. No me gusto, pero según mi teoría sólo me quedaba esperar a que algún valor seleccionado saltara a una caja superior, pero no se presentaba ninguna oportunidad.

Lo que no sabía es que nos encontrábamos al final de una fase del gran mercado alcista; pasaron meses hasta que se hiciera evidente el inicio de un mercado bajista. Los precios habían caído en picado, el mercado había cambiado pero yo estaba fuera de él. Estuve todo el tiempo lejos de New York, no había oído predicciones, ni estudiado fundamentos, ni escuchado rumores, simplemente me había salido del mercado en base al comportamiento de mis valores y de mi teoría de las cajas.

Cuando hice cálculos me di cuenta que había salido del mayor mercado alcista con mucha experiencia, una gran cantidad de conocimientos, mucha más seguridad y una perdida neta de 889 $.

EL TECNO-FUNDAMENTALISTA

EL RECIÉN NACIDO MERCADO BAJISTA

Cuando llegó el cambio de tendencia todos los valores se vieron dañados, unos más que otros, ahora sólo era cuestión de calcular el alcance y la duración de la bajada. Deduje que si un valor había caído de 100 a 40, casi con toda seguridad no subiría a la misma altura de nuevo durante mucho tiempo. Permanecí entre bastidores a esperar tiempos mejores.

Durante el tiempo de descenso, seguí las cotizaciones en el Barron´s, intentando detectar aquellos valores que se resistían a bajar, siendo éstos los que ascenderían más rápidamente cuando la corriente cambiara. En un examen más detallado, descubrí que estos valores eran compañías cuyas tendencias de ingresos apuntaban directamente hacia arriba. Por lo tanto, decidí que sólo buscaría en los valores la mejora del “poder de beneficios” o su anticipación.

Para ello, casaría mi método técnico con el fundamental. Seleccionaría los valores según su evolución en el mercado pero sólo los compraría cuando pudieran presentar la mejora en la escala de rendimiento como una razón fundamental para hacerlo. Esta teoría tecno-fundamental aún sigo utilizándola hoy.

En la teoría general del futuro alcista, los valores que prometen una evolución dinámica en el futuro deberían comportarse mejor que los demás. Vigilé valores que estaban en sintonía con la aeronáutica. Quería saber si una compañía pertenecía a una novedosa industria pujante y si se comportaba en el mercado según mis requisitos. No me importaban los informes o balances de la compañía, ya que estos no podían mostrar el futuro. Era sólo una forma particular de ver la inversión.

Buscaba valores que, según mi creencia, pudieran batir nuevos records y decidí prestarles toda mi atención cuando hubieran alcanzado la plataforma de lanzamiento y estuvieran a punto de salir disparados. Estos valores estarían altos y les parecerían caros a los no iniciados. Tuve que hacerme a la idea de comprar alto y vender mucho más alto. Estudié muchos valores, observando de cerca la actuación de los precios y, además, estuve alerta de cualquier actividad inusual; no había olvidado la importancia del volumen.

También me preparé para operar con valores de alta cotización, debido a las comisiones de corretaje, ya que éstas eran más baratas cuánto más alta era la cotización del valor. Si mi punto de compra era adecuado, poco importaban las comisiones ya que sacaría beneficio; pero si no era el momento propicio y tenía que vender, la equivocación sería más costosa.

Aunque veía que el mercado se hundía cada vez más, sabía que no lo haría siempre; a un mercado bajista siempre le sigue un mercado alcista. El arte consistía en vigilar las primeras señales de recuperación reales y comprar antes que los demás, antes que los precios empezaran a subir demasiado. Esta era la situación para la que me había preparado durante 5 años.

Tras unos meses, comenzó a suceder lo que esperaba, mientras los índices seguían mostrando descensos, unos pocos valores comenzaban a levantar cabeza de manera imperceptible y sentí el final del mercado bajista. Pero sospechaba que los líderes del mercado anterior no volverían a serlo de nuevo. Debía encontrar nuevos valores; más tarde comprobé que esto resultó cierto.

LA TEORÍA COMIENZA A FUNCIONAR

Mientras la mayoría de los valores de Wall Street se tambaleaban o caían, continué mi gira de baile mundial. En noviembre de 1957 observé en el Barron´s un valor desconocido llamado Lorillard.

Subió a 17, se estableció en la caja 24/27, su volumen subió mucho, era el momento más bajo del mercado bajista, saltó a la caja 27/32, envíe telegrama para “comprar a 27 ½ stop 26 pérdida limitada”; el valor empezó bajando y se vendió; la reacción fue muy corta y la firme subida posterior me hizo entrar de nuevo a “28 ¾ stop 26 pérdida limitada”. Subió por encima de 30 y se creo la caja 31/35; entre 35 y 36 ½ compré más; rebotó hasta 44 3/8; en un sólo día cayó fuerte cerrando a 37 3/4 , puse una pérdida limitada a 36, me enteré que la bajada fuerte del día se debió a un artículo que decía que los filtros no eran tan eficaces contra el cáncer; mi stop de pérdida aguantó y la cotización remontó hasta 42, un servicio de consulta muy famoso aconsejaba vender, su volumen era increíblemente alto y se estableció en la caja 50/54 y subí la pérdida limitada a 49, al final vendí a 57 3/8 ganando 21.000 $.

En ese tiempo también invertí en Diner Club a 24 ½ con una pérdida limitada a 21 5/8, más tarde vendí al romper una pérdida limitada a 36 3/8, ganando 10.000 $.

Después de ganar en los dos valores indicados, invertí en Bruce, compradas a 50 ¾ y una pérdida limitada a 48, ascendió hasta 77, suspendieron su cotización, más tarde podía vender el título en el mercado extra-bursátil a 100 $, dije a mi agente que no vendía aún, más tarde fui vendiendo poco a poco el valor en el mercado extra-bursátil a un cambio medio de 171. Conseguí 295.000 $ de beneficio, fue mi primer gran negocio en el mercado.

Conté mi historia a todo el mundo enseñando mis telegramas, nadie me creyó, la única reacción fue: ¿Quié te dio el chivatazo? Traté de explicar que lo había conseguido por mi mismo.

MI PRIMER MEDIO MILLÓN

El éxito abrumador de mis últimas operaciones, en vez de hacerme más impaciente me hizo más prudente. Determiné que los 250.000 $ ganados en 9 meses no podía perderlos por un movimiento en falso. El primer paso fue retirar la mitad de los beneficios del mercado. Con el resto busqué nuevos posibles valores que se comportaran adecuadamente. Como tantas veces tras un buen golpe maestro, tuve poco éxito durante el primer o dos primeros meses siguientes.

Entre las operaciones realizadas, estuvieron las que realicé durante tres veces con el viejo conocido Lorillard, las cuales se saldaron con pérdidas, que acabaron con el cariño especial que tenía a este valor.

El mercado empezaba a fortalecerse, y quise sacar ventaja haciéndome con un valor prometedor lo antes posible. En julio de 1958 puse el siguiente telegrama “comprar 300 Universal Products a 35 ½ stop pérdida limitada a 32 ½”; en agosto de 1958 otro telegrama decía “comprar 1.200 Universal Products a 36 ½ stop pérdida limitada 33”; continúo el ascenso, se fraccionó en 2 x 1.

Al mismo tiempo realicé otras compras en otro valor con los siguientes telegramas: “Comprar 200 Thiokol 47 ¼ Stop” y Comprar 1.300 Thiokol 48 ½ Stop”; superó 50, osciló entre 52 y 56; luego decidió hacer públicos los derechos de suscripción (con 12 derechos se podía comprar una acción al precio de 42 $) con el valor de la acción a 50. Hice la siguiente operación: vender 1.500 acciones, comprar 36.000 derechos y con estos derechos comprar 6.000 acciones, por un coste total de 350.820 $.

En enero de 1959 volví a New York, tenía 6.000 Universal Control y 6.000 Thiokol, la primera a 45 puntos y la segunda a 100. Concerté cita con mis agentes de bolsa, el valor en libros de mis inversiones había producido medio millón de dólares. Reservé habitación en Plaza Hotel y decidí durante mi instancia en New York continuar mis transacciones desde un alojamiento cercano. No sabía que me estaba preparando para convertirme en un completo idiota; durante las semanas siguientes estuve a punto de rozar la ruina.

MI SEGUNDA CRISIS

La noticia del medio millón de dólares me aportó mucha confianza en mí mismo, sin duda había conseguido dominar mi arte, trabajar con telegramas me había desarrollado un sexto sentido, casi podía decir que harían los valores, como consecuencia empecé a verme como un Napoleón de las finanzas. Me propuse empezar fuerte, con transacciones diarias en el momento adecuado, las cuales dejarían en pañales a las compras y ventas anteriores.

La verdad es que a medida que el bolsillo se iba fortaleciendo, mi cabeza iba debilitándose. Me sentía demasiado seguro de mí mismo y éste es el estado mental más peligroso que puede desarrollar una persona en el mercado de valores. No tardé mucho en recibir la amarga lección de que el mercado siempre castiga a aquellos que piensan que pueden dominarlo sin ser prudentes.

Después de varios días en New York, decidí establecer contacto directo con el mercado. Para ello, elegí como escenario de mis futuros triunfos la oficina de mis agentes de bolsa. En ella el clima era excitante, la gente se mostraba nerviosa, exaltada, había mucho ruido. En unos días de operaciones arrojé por la borda todo lo aprendido en 6 años. Hablaba con los agentes, escuchaba rumores, no me separaba de la pantalla. Empecé a perder mis habilidades, me abandonó mi sexto sentido, dejé de utilizar poco a poco mi sistema y adopté la actitud de los otros, sólo sabía seguir a la multitud.

A medida que pasaban los días el círculo vicioso de mis operaciones tenían esta apariencia: Compré al máximo, tan pronto como compré el valor empezó a caer, me asuste, vendí al mínimo, tan pronto como vendí el valor empezó a subir, lleno de avaricia, compre al máximo.

En vez de culpar a mi propia estupidez, inventé diferentes explicaciones a mis fracasos. Fue una época de desastre. En unas semanas perdí 100.000 $. Ahora sé que el egotismo que me condujo a la vanidad, que me produjo un exceso de confianza, me condujo al desastre. El mercado no era quien me derrotaba sino mis propios instintos racionales y emociones descontroladas.

No encontré ninguna solución fácil al problema y durante mucho tiempo estuve desconcertado. Un día me di cuenta de algo: Mientras estuve fuera, no visité salas de juntas, ni hablé con nadie de bolsa, ni recibí llamadas telefónicas, ni observé pantallas de transmisión telegráfica. Ahí estaba la solución, tan simple: Mis oídos eran mis enemigos.

Cuando estuve fuera había sido capaz de evaluar el mercado, o mejor dicho, los pocos valores que me interesaban, de manera tranquila, neutral, sin interrupciones o rumores, con una completa falta de emociones y de ego. Había operado sobre la base de los telegramas diarios. No cabía influencia alguna porque no veía ni oía nada más. En New York era todo distinto, había interrupciones, rumores, pánicos, información contradictoria, mis emociones se involucraron en los valores y el método frío y clínico desapareció.

Sólo hubo una cosa que me salvó de la ruina en esta época y fue, que Universal Controls y Thiokol se comportaban adecuadamente, por lo cual los dejé solos, aunque realmente era porque estaba demasiado ocupado operando con otros valores que me hacían perder dinero.

Revisé la situación, me deshice de todos los valores excepto de estos dos y cogí un avión a Paris. Dejé instrucciones a mis agentes de que el único contacto que iba a tener con ellos era a través del telegrama diario. Debía hacerme a la idea de que Wall Street estaba a miles de kilómetros de mí cuando volviera a New York.

DOS MILLONES DE DÓLARES

En New York, en febrero de 1959, me había recuperado del susto y de nuevo empecé a invertir. Primero decidí repartir mis transacciones entre seis agentes de bolsa con el fin de que nadie controlara mis operaciones.

Pedí a mis agentes que me enviaran los telegramas después de la hora de cierre de Wall Street, para que me llegaran a las 6 de la tarde, hora en que me levanto, resultado de actuar en club nocturnos durante muchos años; mientras tanto tenía prohibido en centralita pasarme ninguna llamada. De esta forma, lo que sucede en Wall Street, ocurre mientras duermo. Mi delegada, la orden de pérdida limitada, me representa en caso de que ocurra algo imprevisto. A las 7 de la tarde empiezo a trabajar estudiando el telegrama diario y decidiendo cuales serán mis transacciones futuras. Antes he comprado cualquier periódico de la tarde que contenga los precios de cierre de Wall Street, de él he arrancado las hojas de los precios y el resto lo he tirado, en realidad no me interesa leer historias ni comentarios por muy bien informados que estén.

Durante las semanas que empleé para recuperar mi confianza, los dos valores que no había vendido, Universal Controls y Thiokol, continuaban subiendo y decidí que no había razones para venderlos.

Volví a moverme en el mercado con experiencia, seguridad y prudencia. Obtuve beneficios y pérdidas, pero en proporción a la inversión, en los casos de beneficios las cifras eran más grandes que en los casos de pérdida. Es decir, dejaba correr los beneficios y cortaba rápidamente las pérdidas.

Desde 66, Universal Controls, en tres semanas subió a 102, luego empezó a ir en dirección contraria, así que subí la pérdida limitada y me las vendieron a precios entre 86 ¼ y 89 ¾, produciendo un beneficio de 409.000 $.

Con un capital enorme para invertir, busqué como siempre un valor caro y de operaciones favorables. Surgió otro problema, debía tener cuidado y no permitir que mis propias compras influyeran demasiado en el mercado. Compré 5.500 Texas Instruments a varios cambios por 541.000 $.

También dediqué mi atención una vez más a Thiokol. Como era un viejo amigo, siempre le había permitido mayor libertad que a los demás, por eso mantuve el móvil de pérdida limitada bien por debajo de su subida, lo cual me salvó dos veces de que fuera vendido. Así, después del retroceso, estalló en una vigorosa subida, que provocó que los directores de la bolsa de valores decidieran suspender todas las órdenes stop y el efecto fue que la mayoría de los operadores abandonaron el valor. Al retirarme un arma tan poderosa, sin la cual era incapaz de trabajar, me obligó a venderlas obteniendo un beneficio de 812.000 $.

La posibilidad de poner en el mercado un millón de dólares suponía enormes problemas: Tenía que ser muy prudente para cambiarme a otro valor; mi compra se veía obligada a influir en el mercado; una pérdida limitada ya no sería práctica porque ningún operador o especialista absorbería tal cantidad del valor en segundos.

Por ello decidí dividir mis fondos en dos valores, Como tenía seleccionados cuatro valores y no sabia cuales elegir, hice que el mercado los escogiera, invirtiendo una compra piloto en cada uno de ellos con una orden de pérdida limitada del diez por ciento por debajo de su precio (a propósito, para producir la eliminación). Al final en los dos que sobrevivieron (Zenith Radio y Fairchild Camera) invertí casi a partes iguales el millón de dólares.

En ese momento estaba en tres valores (Texas Instruments, Zenith Radio y Fairchild Camera) por un total de 1.684.660 $. Pasé de 6 a 3 agentes de bolsa. Los telegramas siguieron volando entre Wall Street y Plaza Hotel; por ejemplo, uno de ellos decía que había ganado en un día 100.000 $.

La vida empezó a ser extraña. Me sentaba en el Hotel Plaza, leía el telegrama y lo archivaba, no había nada que hacer, me sentía eufórico e impaciente, velando que mis valores continuaran el ascenso con firmeza.

Revisé con mis agentes mis cuentas y descubrí que si vendiera todo podría convertir mis valores en más de 2.250.000 $. Estaba feliz pero no excitado, me excité mucho más cuando gané mis 10.000 $ en Diners Club. Me sentía como un corredor que ha entrenado enérgicamente, que ha sufrido muchos desengaños y que llega ahora corriendo a la victoria.

Otra vez ante el mismo dilema, debería o no vender. Ahora la respuesta era fácil, no existía ningún motivo para vender un valor en ascenso, continuaría ascendiendo junto con su tendencia arrastrando mi pérdida limitada conmigo. A medida que la tendencia aumentara yo compraría más y si la tendencia diera un vuelco, huiría del valor. Establecí nuevas perdidas limitadas para los valores en cartera.

Me encontraba en la habitación del Hotel Plaza, con las hojas de precios de Wall Street arrancadas de un periódico de la tarde, con mi telegrama diario, cuando me inundó un sentimiento de felicidad. No sólo porque había conseguido dos millones de dólares sino porque estaba haciendo aquello que más me gustaba. Mientras trabajaba, Wall Street dormía.

TEORÍA DE LAS CAJAS

FORMACIÓN DE UNA CAJA

Dentro de una tendencia, los valores se mueven en una serie de “marcos” o “cajas”. El valor oscila entre un punto bajo (límite inferior) y un punto alto (límite superior), definiendo una zona representada por un marco o caja.

Ejemplo: Movimiento   40 – 42 – 44 – 45 (alto) – 40 (bajo) – 42

Se habrá formado la caja: 40-45

45 = límite superior

Teoría de las cajas 1A

40 = límite inferior

LÍMITES DE LA CAJA

La regla de los tres días consecutivos se aplica para establecer los límites superior e inferior de las cajas.

Un valor salta de su caja anterior y empieza a ascender, el límite superior de la nueva caja será el precio más alto que alcance durante el ascenso sin ser tocado o penetrado durante tres días consecutivos.

El límite inferior de la nueva caja no puede establecerse hasta que no se haya fijado su límite superior.

Una vez fijado el límite superior, el límite inferior de la nueva caja será el precio más bajo que alcance durante el descenso sin ser tocado o penetrado durante tres días consecutivos.

Los límites superior e inferior de una caja pueden darse en el mismo día y hasta en la misma hora (aunque muy ráramente).

El límite inferior de una nueva caja no tiene que ser necesariamente el límite superior de la caja anterior, y sólo puede establecerlo el valor.

El ámbito de la caja variará de un valor a otro, puede oscilar en menos del 10%, entre un 10% y 15%, entre un 15% y 20%, en más de un 20%, etc. La tarea importante será definir, de manera exacta, cuales van a ser los puntos alto y bajo de la caja

Ejemplo:       Desde la caja 45-50 se produce el movimiento:

            48–52–50–55(alto)–51-50(bajo)-53–52.

El límite superior es 55, ya que después de saltar desde la caja inferior, este máximo de 55 no vuelve a superarse en los tres días siguientes (que hizo 51, 50, 53).

Una vez fijado el límite superior (55), y no antes, se fija el límite inferior.

El límite inferior es 50, ya que después de saltar desde la caja inferior, este mínimo de 50 no vuelve a romperse en los tres días siguientes (que hizo 55, 51, 50).

SEGUIMIENTO DE UN VALOR

Una vez mostrado interés por un valor, se empezará su vigilancia, cuando las cajas del valor estén como en una pirámide (unas encima de otras) y el valor se encuentre en la posición más alta.

 Teoría de las cajas 1B

 

MOVIMIENTO DENTRO DE LA CAJA

Una vez definida las dimensiones de la caja mediante sus límites superior e inferior, el valor puede hacer lo que quiera dentro de la caja, y mientras permanezca dentro de ella, se puede seguir considerando posible compra.

Sería preocupante que no fuera de un límite a otro de la caja, sin saltos y sin casi movimiento; esto podría significar que se trata de un valor poco activo, indicando con mucha probabilidad que no subirá de forma dinámica, y por lo tanto no resultará interesante.

Sin embargo, si cae por debajo del punto bajo, caerá a una caja inferior, y por lo tanto habrá que eliminarlo. Puede estar un tiempo dentro de la caja, y no pasar nada, pero lo importante es que salte a la caja superior.

Una orden de stop (de compra ó de venta) nunca se establece dentro de la caja actual. Se establece una orden de compra al sobrepasar su límite superior, saltando a una caja superior. Se establece una orden de venta si rompe su límite inferior, saltando a una caja inferior.

Ejemplo:       Caja 40-45.

Entre los límites 40-45 sigue siendo posible compra.

Si sube por encima del límite superior, compra por encima de 45.

Si cae por debajo del límite inferior, venta si cae a 39,50.

PUNTO DE COMPRA 

El momento de la compra se producirá cuando el valor salta hacia arriba, al rebasar el límite superior de la caja (incluso una fracción), pasando a la siguiente caja superior. Esto puede producirse en horas o en días, dependiendo de tipo de valor.

Una vez efectuada la compra, habrá que asegurarse que el valor no caiga del límite inferior de la caja, ya que en este caso habrá que venderlo al instante. 

Ejemplo:       Desde la caja 40-45, se produce el movimiento:

43 – 47 – 45 – 50 (alto) – 46 – 45 (bajo) – 48 – 47

Formándose la caja superior 45-50.

               El punto de compra será: Al saltar 45.  

PUNTO DE PÉRDIDA LIMITADA

Después de realizar una compra se coloca una “orden de pérdida limitada” un poco por debajo del límite inferior de la caja, con el fin de vender la posición, y evitar mayores pérdidas.

Si el valor salta a la caja superior, de momento la “orden de pérdida limitada no se mueve”; pero una vez se haya determinado los límites superior e inferior de la nueva caja, la “orden de pérdida limitada” se colocará un poco por debajo del límite inferior de la nueva caja.

Ejemplo:        Desde la caja 40-45, se produce el salto a la caja superior:

                        Punto de pérdida limitada: 44,50.

                        Si el movimiento posterior define la caja 52-47:

                        Variación de Punto de pérdida limitada: 46,50.

ESTRATEGIA

Elegir valores mediante un riguroso estudio del precio y del volumen, ignorando rumores, consejos o información fundamental. Si existe mejoría en la empresa, esto se verá más tarde mediante el precio y el volumen.

Dar orden “stop” para comprar si salta a la caja superior y dar orden”stop” para vender para limitar pérdidas si salta a la caja inferior.

Obligar a no vender un valor en alza demasiado pronto. No vender el valor mientras esté subiendo sino cuando empieza a entrar en las cajas inferiores, cuando las pirámides empiecen a venirse abajo.

Los objetivos en el mercado de valores serán:

Elegir valores apropiados.

Elegir el momento apropiado.

Tener grandes beneficios.

Tener pequeñas pérdidas.

Las armas utilizadas a utilizar serán:

Precio y volumen.

Teoría de las cajas.

Orden de compra automática.

Orden de venta de pérdida limitada.

Estrategia base:

Acompañar a la tendencia ascendente.

A medida que el valor sube, seguir comprando.

Si se invierte la tendencia, vender.

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F I N

Teoría de las cajas

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Félix Mayoral Díez

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